Aventura en Colombia

Experiencia muy buena……

 En el interior del palacio presidencial, donde vive el máximo mandatario del país, en su patio central, se encuentra aparcado  de forma permanente un helicóptero junto a una UVI móvil, por si fuera necesario utilizarlos ante un ataque de la guerrilla; en una ocasión estuvieron muy cerca de la residencia. En sus alrededores, los gamines (niños de la calle), se arman de palos para defenderse de secuestradores y justicieros más o menos oficiales. Las tascas se llenan de busconas tomando tinto (café sólo) o aguardiente, la bebida nacional. En las oscuras intersecciones de las calles se forman corrillos para traficar con el perico (cocaína), y otras sustancias. Ya es hora de ir en busca de mi hotel; la música de un vallenato  se escapa de una cafetería cercana, en su puerta hay claveteado un cartel que alerta a los viandantes de posibles salteadores. El desprecio por la vida en este país es total. “Yo te tumbo, tú me tumbas”. El barrio donde se encuentra mi alojamiento no tiene alumbrado público, por lo que debo caminar por el centro de la calle; pasar cerca de los portales de las casas resulta algo peligroso, no ofrecen ninguna confianza. La suciedad y la miseria lo desborda todo. Nada más entrar en mi hotel, el portero me ofrece compañía femenina para pasar la noche, la rechazo, llevo acumuladas demasiadas emociones.

             Estoy a punto de abandonar la ciudad y me dirijo al colectivo (pequeño autobús); en las cercanías de la estación acaban de desperezarse dos gamines que me piden algo de plata (dinero) para desayunar, Han pasado la noche tirados en la acera, solos, lejos de los grupos de pelados (adolescentes), que duermen juntos para autodefenderse de los escuadrones (matones pagados por los comerciantes para que eliminen a estos niños mendicantes de las puertas de sus negocios). Muchos de estos gamines cruzan la línea de la delincuencia, se amparán bajo el manto de una virgen o un santo cualquiera y armados de un fierro (pistola), se dedican al sicariato, a matar por encargo a cambio de una pequeña suma de dinero. Se organizan en pandillas muy jerarquizadas que se declaran la guerra continua con otros pandilleros, en una escalada de violencia sin fin y que está dejando demasiados muertos en las cunetas y barrancos. El Estado los ha abandonado, y la policía no se atreve a penetrar en sus poblados. Un día hacen de sicarios, otro, de mulas, traficando con cocaína; son menores y la justicia poco puede hacer para reprimirlos. Todavía más en un país sin justicia social. Algunos de estos niños adolescentes los he visto semidesnudos, sentados en el bordillo de una calle a punto de morir, ante la indiferencia de los transeúntes. Sin embargo, otros visten ropas de marca y lucen voluminosos colgantes de oro.

Fuente:http://http://cuentatuviaje.net/

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